Nueva York frenó a la robot-profesora 'Sally' en 24 horas: lo hizo el periodismo, no la ley

🕒 Publicado en Zendoric: 28 de julio de 2026 · 00:38
Un instituto de Salamanca (oeste de Nueva York) iba a instalar a 'Sally', una robot humanoide con IA generativa de Realbotix, en un aula. Un reportaje y la intervención estatal frenaron el plan en 24 horas, sin que existiera ninguna ley al respecto. El sindicato de profesores exige ya reglas claras.
Por Zendoric · 28 de julio de 2026. Un distrito escolar de Salamanca, en el condado de Cattaraugus (oeste del estado de Nueva York), iba a instalar este curso una 'profesora' robótica en un aula de instituto. Se llama Sally, la fabrica la empresa Realbotix, tiene piel de silicona, pelo castaño largo y torso articulado, y responde a los alumnos mediante una plataforma de inteligencia artificial generativa propia —el mismo tipo de IA que genera texto a partir de instrucciones, aplicado aquí a la conversación con menores—. El plan, pensado como apoyo a los cursos de IA y robótica del centro, saltó a la prensa a principios de mes gracias a una investigación de New York Focus.
La cobertura provocó reacciones dispares en todo el estado y obligó a intervenir al Departamento de Educación de Nueva York. Según recoge Watertown Daily Times/NNY360, el organismo se reunió con la dirección del distrito y, en menos de 24 horas, Salamanca anunció que paraba el proyecto.
El principal sindicato de docentes del estado, NYSUT (New York State United Teachers), fue una de las voces que más presionó para frenarlo, alegando que la decisión se tomó sin consultar a la comunidad educativa. Su presidenta, Melinda Person, trasladó el caso a la comisionada estatal de Educación, Betty A. Rosa, con una frase que resume el problema de fondo: 'Lo que paró al robot no fue la ley, no fue una normativa, no fue ninguna política del estado de Nueva York, porque no existe ninguna. Fue un reportaje de investigación, los padres y educadores que lo leyeron, y una carta de la comisionada.' Sin ese reportaje, añadió, Sally estaría sentada frente a los alumnos este septiembre sin que nadie hubiera hecho una sola pregunta antes.
Person planteó las preguntas que, a su juicio, deberían responderse antes de dejar entrar un robot así en un aula: si cumple estándares de seguridad, ciberseguridad y licencia; si reportaría un caso de abuso del que fuera testigo; qué normas de protección de datos sigue Realbotix; y qué garantías existen frente a las 'alucinaciones' —las respuestas incorrectas que los modelos generativos producen con aparente seguridad— cuando quien las emite tiene autoridad de profesor ante un menor. El sindicato pide a la Junta de Regentes, al Departamento, al gobernador o a la legislatura estatal que fijen reglas mínimas obligatorias para toda la IA en las escuelas, con protecciones reforzadas cuando el sistema es humanoide o está diseñado para imitar una relación humana. Y traza una línea que nos parece la más útil de todo el caso: NYSUT no se opone a que los alumnos aprendan IA —de hecho pide que la estudien y la construyan—, pero distingue eso de 'instalar una máquina diseñada para hacerse amiga de los niños'.
Nuestra lectura: el caso Sally es un manual de lo que no conviene hacer, no un veredicto contra la IA en la educación. Lo revelador no es que un distrito quisiera un robot con IA en el aula, sino que el único freno disponible fuera el periodismo y una carta, porque ninguna norma exigía nada antes de comprarlo. En general, es la misma pauta que veníamos señalando en el despliegue empresarial de agentes de IA: la adopción avanza mucho más rápido que la gobernanza, y solo cuando algo falla —o alguien lo destapa— aparece la pregunta de quién debía haberlo supervisado. Trasladado a un aula con menores, ese desfase deja de ser un problema de eficiencia para convertirse en un problema de protección infantil: un robot con rostro y voz humanos, que puede fallar con una respuesta inventada y del que nadie ha aclarado si tiene obligación de reportar un indicio de maltrato, no es un fallo de producto menor.
Aquí conviene separar dos cosas que el debate tiende a mezclar. En general, el software de tutoría adaptativa —programas que ajustan el ritmo y las explicaciones al progreso de cada alumno— lleva ya tiempo entrando en las aulas sin generar este tipo de alarma. Esa vía, bien gobernada, es coherente con la promesa de fondo de la IA: más adelante, personalizar la educación a ese nivel para cada niño es exactamente el tipo de abundancia que esta tecnología puede generar, liberando al profesor para lo que un humano hace mejor —acompañar, motivar, detectar cuándo un niño necesita algo que no está en el currículo—. La otra cosa, muy distinta, es fabricar un cuerpo con piel y pelo diseñado para que un menor le tome cariño como a una persona, sin marco legal siquiera para preguntar qué hace ese sistema con los datos de un niño o qué pasa si un alumno le confiesa algo grave. Confundir ambas cosas —como estuvo a punto de hacer Salamanca al comprar el paquete completo, robot incluido, para un curso de IA— es la manera más rápida de que la desconfianza legítima hacia la segunda contamine a la primera, que sí merece impulsarse.
Lo que suceda ahora en Albany marcará el rumbo de compras similares en Nueva York y, con probabilidad, en otros estados que observan el caso. Si la comisionada Rosa y la legislatura convierten esta reacción puntual en una norma escrita, Nueva York tendrá uno de los primeros marcos estatales pensados específicamente para la IA con cuerpo en las aulas. Si no lo hacen, el próximo 'Sally' solo se detendrá si otro periodista, otro padre o otra maestra vuelven a hacer el trabajo que la ley todavía no hace.
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