El informe 'AI 2040' promete 50% de crecimiento del PIB en un año: la cifra que hunde su credibilidad

🕒 Publicado en Zendoric: 23 de julio de 2026 · 00:24
El sucesor de 'AI 2027' propone frenar la superinteligencia hasta 2040 con un pacto EEUU-China, pero calcula un 50% de crecimiento del PIB en 2032 y un 100% anual hasta 2037. Un analista de AEI desmonta esos números y pone en duda todo el escenario que los sostiene.
Por AEI · 22 de julio de 2026.
El AI Futures Project, el grupo liderado por el exinvestigador de OpenAI Daniel Kokotajlo que en 2025 publicó el influyente escenario 'AI 2027', ha lanzado su continuación: 'AI 2040'. Si el primer informe planteaba dos finales para la carrera hacia la superinteligencia artificial (ASI) —un arma biológica que "mata a toda la humanidad" o un comité empresa-gobierno que controla la ASI y abre "una nueva era asombrosa"—, el nuevo documento propone cómo evitar ambos desenlaces.
Su receta preferida, bautizada como "Plan A", consiste en un acuerdo internacional entre Estados Unidos y China que sustituya la carrera opaca actual por un desarrollo coordinado y verificable: investigación pública, entrada de decenas de empresas a la frontera tecnológica y lo que el propio informe llama "un régimen de destrucción mutua asegurada de cómputo", es decir, una pausa deliberada. El informe baraja otras dos rutas —Plan D, una carrera con regulación mínima, y Plan S, la paralización total del desarrollo— pero deja claro que Plan A es su apuesta.
El analista James Pethokoukis, del American Enterprise Institute (AEI), no cuestiona el mecanismo técnico —de hecho admite no sentirse cualificado para evaluar si la superinteligencia llegará pronto—. Su objeción es económica, y va al hueso de las cifras que 'AI 2040' usa para justificar la necesidad de Plan A. Según el propio informe, en el escenario Plan A el año 2032 traería un "crecimiento explosivo controlado": el PIB real crecería en torno al 50% ese año, con decenas de millones de agentes de IA realizando más trabajo cognitivo que toda la fuerza laboral estadounidense combinada. Entre 2032 y 2037, el crecimiento medio rondaría el 100% anual. Y en el escenario sin restricciones —el que Plan A busca evitar—, el propio informe reconoce, con incertidumbre declarada, un tiempo de duplicación económica de un mes hacia 2033, es decir, más de 1.000 veces de crecimiento en un solo año. La tasa de participación laboral, mientras tanto, caería a apenas el 12% para el final de la década.
Pethokoukis contrasta esas cifras con el trabajo de referencia en este terreno: un informe de 2021 de Open Philanthropy del investigador Tom Davidson, que modelizó un escenario de crecimiento global del 30%, ya considerado extremo por el economista de Northwestern Benjamin Jones, uno de sus revisores. Si un 30% de crecimiento anual generaba objeciones serias —duplicar el nivel de vida cada dos años, sustituir fábricas, redes energéticas y cadenas de suministro sin pausa, y aun así evitar una reacción social masiva—, un 50% o un 100% las multiplica. Como muestra de que ni siquiera la automatización actual, mucho más modesta, genera consenso social, Pethokoukis cita una ley reciente de Rhode Island que obliga a los supermercados a mantener un cajero humano por cada tres cajas de autopago.
El trasfondo político no es menor: el propio 'AI 2027' ya había calado en Washington. El vicepresidente JD Vance reconoció en un podcast que le "preocupa" el tema porque "leyó el artículo", y The Washington Post describió recientemente ambos desenlaces de 'AI 2027' como escenarios de "apocalipsis". Estos ejercicios de worldbuilding no son papers académicos de circulación limitada: alimentan directamente el debate sobre cómo regular la IA en el nivel más alto del poder ejecutivo.
Aquí es donde conviene separar dos discusiones que 'AI 2040' mezcla. Una es si la superinteligencia es una posibilidad real y si merece la pena diseñar mecanismos de gobernanza para gestionar el riesgo de una carrera EEUU-China descontrolada; esa pregunta, en nuestra opinión, sigue siendo legítima y merece una respuesta basada en evidencia, no en pánico ni en fe ciega. La otra es si la maquinaria económica que el informe usa para pintar el mundo que Plan A debería gobernar es plausible; y ahí la respuesta, con los datos sobre la mesa, es no. Un PIB que se dobla cada dos años, fábricas y redes energéticas sustituidas sin fricción, y una participación laboral que se hunde al 12% sin estallido político, no es una proyección: es ciencia ficción con hoja de cálculo.
Esto conecta con algo que venimos sosteniendo: la IA generativa y agéntica sí va a transformar radicalmente el trabajo y la economía, y a largo plazo el destino plausible es de abundancia, no de escasez. Pero el camino hacia ahí no se salta las restricciones del mundo físico —capital, infraestructura, energía, tiempo de adaptación institucional— por mucho que el software mejore de la noche a la mañana. Los saltos de productividad de la revolución industrial o de internet se contaron en décadas, no en trimestres; no hay motivo para asumir que la robótica y los agentes de IA reescriben esa física social de un plumazo, y menos aún que lo hagan sin generar la misma resistencia social que ya vemos hoy con algo tan modesto como el autopago del supermercado.
El riesgo de fondo, y esto es lo que más nos preocupa del episodio, es que un exceso de aritmética inverosímil en la parte "buena" del escenario contamine el argumento serio que sí merece atención: que la carrera hacia sistemas cada vez más capaces necesita barandillas de seguridad y coordinación internacional verificable. Si el mensajero regala munición fácil —una cifra de crecimiento que ningún economista serio defendería— a quienes quieren descartar cualquier llamada a la prudencia regulatoria como alarmismo, pierde toda la conversación, no solo el papel. La lección para el sector y para los reguladores es la misma que repetimos con cada nuevo benchmark inflado o cada demo hecha a medida: hay que separar la capacidad demostrada de la aspiración narrativa, también —y quizá sobre todo— cuando la narrativa se presenta con el rigor aparente de un modelo económico.
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