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← Volver al día · 20 de julio de 2026

1010Benja usa Suno cientos de veces en una canción y demuestra que la IA musical no tiene por qué sonar a IA

🕒 Publicado en Zendoric: 20 de julio de 2026 · 00:19

El rapero 1010Benja reconoce sin tapujos que construyó "Semiramis' Dream", el tema que abre su nuevo EP, con cientos de idas y vueltas por Suno. El resultado ha hecho dudar a un crítico de The Verge que lleva años detestando la música generada por IA, y plantea una pregunta más incómoda que el propio disco: si el problema nunca fue la herramienta, sino quién la usa y por qué.

Por Zendoric · 20 de julio de 2026.

El músico y productor 1010Benja ha publicado "Semiramis' Dream", tema de apertura de su EP "Time Has Nothing To Do With What You Choose…", construido con un proceso de decenas —él mismo dice que cientos— de iteraciones con Suno, la plataforma de generación musical por IA. Según explicó a la publicación Hearing Things, su colaborador Patrick Holder creó el ritmo base, él grabó las voces, y esa combinación se introdujo en Suno; el resultado se llevó a Ableton para editarlo, se volvió a alimentar a Suno, y así sucesivamente. Deezer marca el tema como generado por IA y Benja no lo oculta: "No sentimos ninguna vergüenza", ha declarado.

El dato relevante no es que un artista use IA —eso ya es rutina en la industria musical de 2026— sino que el crítico Terrence O'Brien, de The Verge, confiese que la canción le gusta pese a su rechazo declarado a la música generada por IA y en particular a Suno, que suele calificar de "aburrida ofensivamente". Su argumento técnico es concreto: el tema esconde bien las señales delatoras habituales —voces artificiales, coros sintéticos— porque las camufla dentro de una estética hyperpop que ya normaliza el procesado vocal extremo. Es, según su lectura, más un caso de producción inteligente que de generación automática pura.

1010Benja no es un debutante ni un caso de marketing viral: su álbum de 2024, "Ten Total", recibió el sello Best New Music de Pitchfork, uno de los reconocimientos más codiciados de la crítica musical independiente. Y su justificación para recurrir a la IA es tan pragmática como incómoda: dice no haber podido pagar el alquiler en los últimos meses y no tener certeza de dónde vivirá el que viene. Su frase resume la tensión de fondo: "Mis visiones están actualmente muy por encima de mis medios." No contrató un coro infantil profesional para el disco; lo generó, porque no podía costeárselo de otra forma.

Aquí es donde conviene separar dos cuestiones que el propio artista mezcla. Una es la calidad artística: el propio O'Brien reconoce que casi nada de lo logrado en "Semiramis' Dream" sería imposible sin IA, con capas vocales bien procesadas y algo de ingenio en el estudio; Suno no aporta aquí una textura irreproducible, sino que abarata y acelera un resultado alcanzable de otras formas. La otra cuestión, más relevante para el sector, es económica: la IA generativa reduce el coste de entrada a producciones que antes exigían presupuesto —coros, capas orquestales, sesiones adicionales— y eso cambia qué puede permitirse un artista sin sello ni inversores. Benja lo dice sin rodeos: es la única razón por la que usa estas herramientas.

Hay una tercera capa, la ética, que Benja no esconde bajo la alfombra: reconoce el coste medioambiental de estos modelos y adopta una postura casi resignada —"el bueno no gana esta partida"— sobre la imposibilidad de frenar a las corporaciones que los operan. Es una honestidad poco habitual en un terreno donde muchos artistas prefieren negar el uso de IA por miedo al estigma, y otros lo maquillan como innovación sin matices. Aquí no hay ni vergüenza ni triunfalismo, solo una decisión tomada bajo presión económica real.

Nuestra lectura: este caso ilustra bien la transición dura de corto plazo que defendemos en Zendoric sin edulcorar nada. La IA generativa no está sustituyendo aquí a un gran estudio con presupuesto, sino compitiendo con el propio techo de un artista independiente para poder terminar su obra; eso dice más sobre la precariedad estructural de la industria musical que sobre las bondades o peligros de Suno. A la vez, el episodio desmonta un prejuicio habitual: que la IA musical es intrínsecamente genérica. La diferencia no está en la herramienta sino en el criterio de quien la maneja —Benja escribió las letras, grabó su voz real y trabajó cientos de rondas de edición humana antes y después de cada pase por el modelo—. Es, en miniatura, el mismo patrón que vemos en código o en imagen: el valor competitivo se traslada del modelo en sí al proceso de dirección artística que lo envuelve. A largo plazo, si la abundancia que promete la IA generativa llega a abaratar de verdad la producción cultural de calidad, el beneficiario debería ser precisamente el artista sin colchón financiero, no solo la discográfica que ya podía pagar un coro real. Pero para que ese horizonte no se quede en retórica, hace falta que la industria resuelva antes las preguntas que Benja deja abiertas sin responder: quién factura por el sonido de un coro que nunca existió, y qué pasa con los cantantes de sesión cuyo trabajo ese coro sintético sustituye.

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Fuentes y referencias